Ya desde la Antigüedad, la filosofía posee una misión peculiar, irreductible a la tarea que realizan otros saberes. Posee unos rasgos propios que no podemos olvidar sin permanecer a oscuras respecto del significado del mundo y de la vida.

El filósofo es en buena medida el primer interlocutor del mundo: lo escucha, lo admira, lo mira, le responde. La filosofía se pregunta por la esencia de las cosas, indaga cuál sea su naturaleza y su puesto en la totalidad de lo real. La filosofía consiste en mirar con atención lo familiar, lo cercano, lo evidente, y explorarlo hasta el final.

Así comprendida, la filosofía es una cierta actitud de aquel que no se encuentra a gusto en el mundo y le pide una explicación. Es la actitud del incómodo que no encaja del todo con lo que se presenta a primera instancia y que busca respuestas radicales a las preguntas más agudas. La filosofía es, entonces, un permanente viaje motivado por el ansia de hacer explícito aquello que ya se sabe de algún modo pero que no se comprende del todo. Filosofar es dejarse provocar por aquello que deja asomar una parte de sí, por el rabillo del ojo, como invitando a entrar de lleno en un espacio nuevo, a la luz de lo cual todo lo demás se ilumina y esclarece.

Es ya clásico el pasaje del Menón de Platón en el que el protagonista pregunta a Sócrates cómo es posible conocer algo si no se advierte previamente aquello que se busca conocer pues, si no lo conocemos, ¿cómo sabremos que hemos encontrado ya lo que estábamos buscando? Esta peculiar situación en la que el conocimiento se encuentra no liquida la reflexión filosófica. Al contrario: muestra su estructura siempre espiral, marcada por la profundización inacabable de aquello que se creía ya entender.

Por esta razón la filosofía es, a través de los siglos, una meditación reflexiva sobre el punto de partida, sobre lo primero, sobre el inicio del todo, es una pregunta sobre si misma, su sentido, su destino y su identidad. Y no sólo ella, sino que las demás disciplinas —a pesar de ser sus hijas— la cuestionan y la critican, como Euménides vengativas que le reclaman haber perdido el mundo.

¿Qué sentido tiene, entonces, la filosofía? Si su función es provocar un constante ejercicio de reflexión, si su pa- pel es volver sobre sí misma, ¿no es, pues, una disciplina destinada a quedar anquilosada o ensimismada? ¿No es un ejercicio intelectual interesante pero estéril en el que los juegos de ideas se imponen sobre la realidad y sus exigencias concretas? No podemos negar que esto ha sucedido en algunas ocasiones. Cuando la filosofía no interpela al mundo, cuando se olvida de que su pretensión original es dialogar con él, aprender de él y servirle en una diakonía intelectual, entonces surge ese terrible vicio de confundir la erudición, el academicismo o la mera exploración filológica con el auténtico amor a la sabiduría.

Simone Weil decía que no hay posibilidad alguna de satisfacer en un pueblo la necesidad de verdad si para ello no pueden encontrarse hombres que la amen. La misión de la filosofía será, por tanto, colaborar con el ser humano en su labor de enraizarse y de habitar mejor el mundo que le ha sido dado. Para ello se requerirá una comprensión abierta de la realidad, un tipo de reflexión y de crítica que alcancen a mirar el sentido y el significado del mundo sin censurar ninguno de los factores que integran la totalidad de lo real.

Las ciencias que ha producido la modernidad son insuficientes para dar al ser humano una comprensión del mundo y de la realidad que satisfaga las preguntas últimas que nacen desde el fondo de la razón. Asimismo, la tecnología pretende hacer el mundo más habitable, pero no por ello logra hacerlo más comprensible. La filosofía cumple entonces un papel social insustituible, por lo que debe estar abierta a entrar en diálogo con todas las expresiones culturales cooperando con ellas en la ardua tarea de hacer del mundo —en ocasiones inhóspito— un hogar más cálido, justo y fraterno.

A propósito de la cuestión del mundo como un hogar para el ser humano, algunos han afirmado que, si bien es cierto que un campesino del siglo XX sabe más cosas que Pitágoras —porque conoce que la tierra es la que gira alrededor del sol y porque puede predecir con mayor precisión si habrá o no un temporal propicio para los cultivos—, este campesino ha perdido, sin embargo, aquello que es el inicio de todo filosofar auténtico, la capacidad de asombro ante el cielo nutrido de estrellas.

El objetivo de Open Insight aparece precisamente aquí: ofrecer un espacio académico riguroso que permita sacar del anonimato aquella dimensión de la realidad que ha quedado eclipsada por una apertura insuficiente de la razón, por el dominio político de los prejuicios de la época o por el academicismo fatuo que infla vanidades sin fin. Open Insight es un proyecto que quiere recuperar con pasión la búsqueda de la verdad a través del diálogo abierto que permite verificar intersubjetivamente las certezas.

Open Insight nace como signo de vida de la División de Filosofía del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV), vida que está nutrida por el encuentro, el intercambio y la colaboración de quienes discuten pública y racionalmente la estructura de la realidad, y por un aprecio profundo a los clásicos del pensamiento sin los cuales no podemos más que vivir en el extravío o la indolencia. Que nuestra revista sea ocasión para interpelar y provocar, afectiva y afectuosamente, la inteligencia.

Rodrigo Guerra López y Diego I. Rosales Meana