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Hápax Legómena

 

De la razón1

 

Antes de comenzar con estos estudios, antes de que sean introducidos por su autor, es indispensable advertir que el autor no apela a nada más que a la razón. Esto es indispensable en un tiempo en el que la razón tiene más enemigos que nunca, que son peligrosos, un tiempo en los que ella tiene más falsos amigos que nunca y que son aún más peligrosos que los enemigos. Debemos llamar enemigos de la razón a los dementes que ejercen su demencia contra la razón. Y debemos llamar falsos amigos de la razón a los dementes que quieren que la razón proceda por las vías de la sinrazón.

La razón no procede de la vía de la autoridad. Porque ella no admite nada que enseñe por intimidación, chantaje ni amenaza, porque ella no acepta ningún ejercicio de la fuerza, ningún exceso de poder, ningún poder, mandato, abuso ni golpe de Estado, ella no implica nada que sea enseñado por la cobardía. Eso es traicionar a la razón; querer asegurar el triunfo de la razón por los medios de la autoridad es privar a la razón de la razón.

La razón no procede de la autoridad gubernamental. Querer asegurar el triunfo de la razón por medios gubernamentales es traicionar a la razón. Querer establecer un gobierno de la razón es faltar a la razón. No puede haber, no debe haber ni ministerio ni prefectura ni subprefectura de la razón, ni consulado ni proconsulado de la razón. La razón no puede, la razón no debe mandar en nombre de ningún gobierno. Hacer o dejar hacer a un prefecto de investigaciones en la recámara de una institutriz, aunque el prefecto fuera un prefecto republicano, aunque la institutriz no fuera una institutriz republicana, no sería solamente atentar contra la libertad, sería atentar contra la razón. La razón no pide, la razón no quiere, la razón no acepta que se le defienda o se le sostenga o que se actúe en su nombre por los medios gubernamentales. En un sentido, la razón no es la razón de Estado. Toda razón de Estado es una usurpación desleal de la autoridad sobre la razón, una infracción, un defecto.

En particular, la razón no procede de la autoridad militar. Ella ignora totalmente la obediencia pasiva. Querer asegurar la victoria de la razón por la disciplina, que es la fuerza principal de los ejércitos, es traicionar a la razón. Enseñarla por medios militares es disparatar a la razón. La razón no pide, no acepta la obediencia. No se manda en nombre de la razón como se manda a la estrategia. No hay ningún arma de la razón, ningún soldado de la razón, y sobre todo no hay un jefe de la razón. No hay, hablando con propiedad, una guerra, una campaña, una expedición de la razón. La razón no hace la guerra a la sinrazón. Reduce a la sinrazón tanto como puede, por los medios que no son los medios de la guerra, porque son los medios de la razón. La razón no da asaltos; no forma columnas de ataque; no retira posiciones; no fuerza posiciones; no hace entradas solemnes; ni se engalana a sí misma como el vencedor militar en el campo de batalla.

La razón no procede de la autoridad religiosa. Haría falta una increíble locura para osar instituir el culto de la diosa Razón. Y si puede excusarse la locura en un tiempo de pánico, digámoslo bien alto: la fría repetición política de esta locura, la conmemoración concreta de esta locura constituye el signo más grave de incoherencia y de demencia, de sinrazón. No, la razón no procede por la vía del culto. No, la razón no quiere altares. No, la razón no quiere plegarias. No, la razón no quiere sacerdotes. Investirla de diosa, de histrionismo y música, es traicionar gravísimamente a la razón, es disparatar gravísimamente a la razón; es traicionarla fabricarle fiestas religiosas, imitaciones de pseudoculto con todo lo necesario. Así la admirable plegaria que Renan2 levantó en la Acrópolis después de haber comprendido que la belleza perfecta no tiene ningún sentido, leída o declamada sobre el escenario frente a una multitud infinitamente equivocada.

Lo declaramos sin miedo. Y hagámonos de los enemigos que quieran. La razón no quiere Iglesia alguna. No puede, la razón no debe tener una Iglesia de la razón. Las prácticas ceremoniales, cultuales y rituales son totalmente extrañas a la honestidad de la razón. Las prácticas sobrehumanas, religiosas, infernales o divinas, inhumanas, son totalmente extrañas a la humanidad de la razón. La razón es hombre honesto. No hay un clérigo de la razón. No hemos renunciado, no queremos denunciar a las religiones de ayer por anunciar la religión de mañana, por predicar alguna religión nueva. Nosotros somos irreligiosos de todas las religiones. Somos ateos de todos los dioses. En el doloroso debate de la razón y la fe, no hemos abandonado la fe por la fe en la razón, sino por la razón de la razón. La razón no admite ni profecías ni declamaciones ni proclamaciones, -ni dogmas ni decretos de concilios ni opúsculos papales. Y presentar al pueblo las verdades de la razón bajo el mismo tono y como se anuncian las verdades pretendidamente reveladas no es otra cosa que engañarle lamentablemente.

La razón no procede de la autoridad parlamentaria. No echa en falta ni esas grandes asambleas a las que llamamos parlamentos, ni esas pequeñas asambleas a las que llamamos congresos. La razón no tiene ni presidentes, ni asesores, ni secretario ni oficina alguna. Carece a menudo de taquígrafos. No levanta actas, no lleva cuentas. No constituye ningún comité directivo. Ella no procede por votación. Ella no es sumisa a la ley de la mayoría. Ella no es proporcional al número; muchos pueden estar equivocados; puede ser que uno solo tenga razón, así como es posible que ninguno la tenga. La razón no varía con el número, no halaga más a las multitudes que a los grandes, no halaga más a los pueblos que a los reyes, no halaga más a las democracias que a las monarquías y oligarquías. Sabemos que ha habido en el pasado mucho tiempo y vastas regiones donde la razón no residía sino en las minorías, en unidades; incluso ha habido naciones en donde la razón no ha residido. Puede ausentarse hoy todavía.

La razón no procede de la autoridad demagógica. Despertar a las masas, lanzar multitudes es un ejercicio de autoridad no menos extraño a la razón que amasar mayorías, que mandar un regimiento. Estamos hoy bajo el gobierno de la demagogia mucho más que bajo el gobierno de la democracia. Tribunos, abogados, periodistas nos gobiernan como un fardo. Libre de la monarquía, de la oligarquía y de la democracia, de gobiernos regulares, la razón es libre también de la demagogia, gobierno de hecho. Ella no es más sumisa a los nuevos cortesanos de lo que ha sido sumisa a los antiguos. Ni las manifestaciones en las calles ni las manifestaciones de los mítines valen a la mirada de la razón. La razón se sustenta sobre algunos caballetes; los movimientos de las masas no pesan más que las revoluciones de palacio; el pueblo engañado no puede hacer que la razón abandone la razón, ni que devenga razón la sinrazón; la multitud engañada no puede más que la monarquía engañada; el pueblo no es soberano de la razón.

La razón no procede de la autoridad manual. Si es verdad que la razón no ejerce autoridad alguna, es verdad que el gobierno de los intelectuales sería el más insoportable de los gobiernos, -si bien es igualmente verdad que la razón, que no acepta autoridad alguna, que no ejerce ningún gobierno, no acepta una autoridad manual, no ejerce un gobierno manual. Imaginar, como soñó Renan, un gobierno espiritual de la tierra habitada, un gobierno omnipotente de los intelectuales es torcer a la razón. La república de los pedantes no sería menos inhabitable que la república de los monjes. Si permitimos que se forme, una casta de intelectuales será más molesta y pesará más en el mundo que cualquier casta. Pero alborotar a las autoridades burdas de los trabajadores maleducados contra los intelectuales serios es también faltar a la razón. La justicia, la razón, la buena administración del trabajo piden que los intelectuales no sean ni gobernantes ni gobernados. Que sean modestamente libres, como todo el mundo.

En la sociedad presente, donde el juego de la especialización se exagera automáticamente, las labores intelectuales y las labores manuales no son jamás atribuidas a los mismos trabajadores; los trabajadores intelectuales abandonan casi todo trabajo manual; los trabajadores manuales abandonan casi todo trabajo del espíritu, casi cualquier ejercicio de la razón. En la ciudad armoniosa, en la que preparamos el nacimiento y la vida, las labores intelectuales y las labores manuales se reparten armoniosamente entre los mismos hombres. Y la relación del intelectual con el manual, en lugar de establecerse trabajosamente en uno u otro individuo, se establecerá libremente en el corazón mismo del hombre. El problema será traspuesto. Porque no hemos dicho nunca que suprimiremos los problemas humanos. Sólo queremos y esperamos llevar los problemas del terreno burgués, en el que no pueden sino recibir una solución ingrata, al terreno humano, libre en fin de las esclavitudes económicas. Dejamos los milagros a los profesionales de las antiguas y las nuevas iglesias. No prometemos un paraíso, preparamos una humanidad libre.

Los jefes audaces y las multitudes hartas, los líderes consagrados, los candidatos y los electores encontraron sin duda que este programa es insuficiente. Pero sabemos por la historia de la humanidad, por la historia de las ciencias, de las artes, de la filosofía, que un cambio de plan es un acontecimiento, una operación importante. En todos los géneros de trabajo dos líneas de progreso están abiertas. Para empezar, podemos avanzar por evolución, continuando en el mismo sentido. Pero viene casi siempre un momento en el que el trabajador tiene la impresión de que el sentido está agotado: ninguna aplicación, ninguna insistencia pueden tirar más de lo real que lo que ya se ha avanzado en la dirección comenzada. Vidas enteras consumidas por un trabajo ingrato no producen más que lo que cuestan. Entonces interviene la revolución. Visto desde fuera, afrontado desde fuera, lo real vuelve bruscamente a derramarse de sus cauces. Y, por tanto, lo real es lo mismo que lo que era; pero no se ve con la misma mirada, no se ve igual, no se conoce lo mismo. Así es como somos revolucionarios. Queremos que la humanidad misma se otorgue la nueva libertad.

No menospreciamos la humanidad pasada, no tenemos ni este orgullo ni esta vanidad ni esta insolencia ni esta imbecilidad, esta debilidad. No menospreciamos lo que de humano tiene la humanidad presente. Al contrario, queremos conservar lo que tienen de humano las humanidades antiguas. Queremos salvar lo que tiene de humano la humanidad presente. Evitamos, sobre todo, cometer la más grande injusticia con la humanidad presente, pretender domesticarla. No tenemos la presunción de imaginar, de inventar, de fabricar una humanidad nueva. No tenemos ni plan ni presupuesto. Queremos liberar a la humanidad de las esclavitudes económicas. Liberada, libre, la humanidad vivirá libremente. Libre de nosotros y de todos aquellos que la quisieron liberar. Utilizar la liberación para someter a los liberados a la mentalidad de los liberadores sería cometer la prevaricación máxima, el giro más grave. Presentar a la humanidad la liberación para luego atraerla a una filosofía, cuando esta misma filosofía sería etiquetada como filosofía de la razón sería tender a la humanidad una emboscada universal.

Adherir al socialismo un sistema, anudar al socialismo -aunque fuera en nombre de la razón-, un sistema de ciencia o de arte o de filosofía, es cometer literalmente un abuso de confianza en contra de la humanidad. Llamar a la humanidad a su liberación para precipitarla sobre un sistema es cometer, en nombre de la razón, la malversación que la Iglesia comete en nombre de la fe. Es venderle a la humanidad aquello que deberíamos entregarle como un don. Es vender un objeto que no debemos dejar caer en el comercio económico. Por la liberación, introducir un avasallamiento. Digamos más: vender a la humanidad su liberación económica por el establecimiento de un sistema, eso no es solamente engañar y robar a la humanidad, no es solamente traicionar a la humanidad, no es sólo vender lo invendible, ni secularizar la malversación de la Iglesia, repetir en versión secular la prevaricación de la Iglesia, que vende a los pobres el pan por el talón de la confesión, por la oración honorable y por la santa comunión, es cometer el más grande crimen para un socialista; es monetizar para su ventaja la esclavitud económica misma.

Adherir al socialismo liberador un aumento de sistema porque va con él no es solamente una operación poco elegante, fea, burda, de mal tono, de malos modales, de mala cultura, de mal gusto, de mal aspecto; no es solamente una operación inmoral, injusta, perversa, inversa y de mala administración; es una operación propiamente, particularmente contraria al socialismo. El idealismo o el materialismo, el idealista o el materialista, el determinista o el liberal que para su ventaja hagan del socialismo algo más o menos confuso con el motivo último de su sistema, no jugarán solamente un juego horriblemente desleal, sino que su juego será una perpetua renegación del socialismo; no jugarán solamente un juego falso, sino que jugarán al burgués. Usando para sus fines interesados el deseo, la necesidad, la pasión de liberación económica, utilizarán en efecto, en segundo grado, la esclavitud anterior, la servidumbre misma de la que queremos escapar. No pondrán en práctica solamente un chantaje sino que ejercerán precisamente el chantaje económico, vicio propio de la sociedad burguesa, del régimen burgués.

No tenemos la tierra para venderla como los cristianos no la tuvieron para vender el cielo. No tenemos que laicizar la mercancía de los clérigos. Bien lejos del socialismo reposar oficialmente en un sistema de artes o de ciencias o de filosofía, lejos de tender al establecimiento, a la glorificación de un sistema, lejos de ser materialista, ateísta o teísta, al contrario el socialismo es quien dejará a la humanidad liberada, libre al fin para trabajar, estudiar y pensar libremente. Es el efecto de una anti-inteligencia singular imaginarse que la revolución social será una conclusión, un término de la humanidad en el insulso éxtasis de sus serenos muertos. Es el efecto de una ambición estúpida y malvada, idiota y escurridiza querer la clausura de la humanidad por la revolución social. Hacer un claustro de la humanidad será el efecto de la más redituable supervivencia religiosa. Lejos de que el socialismo sea definitivo, es preliminar, es previo, necesario, indispensable pero no suficiente. Está antes del umbral. No está al final de la humanidad, y tampoco está al comienzo. Él está, según nosotros, antes del comienzo. Antes del comienzo será el Verbo.

No está bien que las ideas sean arrivistas, ni que las hagamos pasar de contrabando. No está bien que sean parasitarias, que se adhieran al socialismo de modo que los jóvenes infelices se conviertan en los secretarios de hombres influyentes. El disgusto que tenemos por los pequeños ambiciosos que quieren colocarse en empleos del socialismo ministerial y en los correspondientes empleos del socialismo antiministerial, lo tendremos de los sistemas que quieran llegar por el socialismo y en el socialismo. Es, en fin, un insoportable abuso de la autoridad paternal querer imponer a las nuevas generaciones las tonterías de las viejas y fatigadas generaciones que somos nosotros. Justamente porque los haremos libres, ellas sabrán mucho mejor que nosotros qué es lo que deben pensar. La razón no procede de la autoridad paternal. No hagamos, en nombre de la razón, votos perpetuos para con nosotros mismos. Y no los hagamos tampoco para las generaciones perpetuas. Dejemos a la humanidad tranquila. Una revolución que pretende desasirse de intereses debe ser absolutamente desinteresada.

Recíprocamente, es traicionar a la razón, como se traiciona al socialismo, introducir pesos adicionales en los debates de la razón. En el debate de los sistemas racionales, ajustar los sobrepesos de las voluntades socialistas a ciertos sistemas -al materialismo, al ateísmo-, infundirles la savia y la sangre de las pasiones revolucionarias, es distorsionar la acción por intervenciones extrañas a la acción; pero, recíprocamente, es torcer el juego de la razón por intervenciones extrañas a la razón. Es dar a ciertos sistemas una importancia desmesurada en la historia del pensamiento. La razón no procede de la autoridad socialista, suponiendo que hubiera una autoridad socialista. La razón no procede de la autoridad revolucionaria, admitiendo que los jacobinos hayan instituido verdaderamente una autoridad revolucionaria. La razón no depende más de las masas revolucionarias que de las masas reaccionarias o de las masas inertes. No depende de fuerza alguna. No depende más de las armas revolucionarias que de las armas militares. La razón no depende de las masas populares. Ella no depende de la autoridad manual.

Querer establecer sobre el pueblo un gobierno, un mandato, una autoridad de la razón es traicionar a la razón y traicionar al pueblo. Pero querer establecer sobre la razón, por la demagogia o por la pedagogía, un gobierno, un mandato, una autoridad de los trabajadores manuales es también traicionar a la razón y al pueblo. Escúchennos: los trabajadores manuales, porque son hombres y tienen su parte de la razón común, tienen el derecho y el deber de pensar en la medida de su capacidad. Pero ocultar al pueblo sus incompetencias inevitables, provisorias, pero provisoriamente inevitables, es una de las técnicas más peligrosas de la demagogia. Denunciar frente al pueblo de los trabajadores manuales una obra de filosofía porque se vende a 7.50 en Alcan, denunciar frente al pueblo una obra de metafísica que tiene quince veces la palabra Dios en la página 28 y noventa y dos veces la palabra Dios en la página 31, denunciar frente al pueblo esta obra como manchada de clericalismo; yo digo que eso es jesuitismo, y digo que es la Inquisición.3

Es jesuitismo y es duplicidad porque el periódico tiene dos clientelas, dos públicos. Si el diario no fuera leído más que por los intelectuales, una acusación de clericalismo establecería una tesis filosófica, -bosquejada sobre lo que ahí parece la palabra Dios, no sería peligrosa, porque el lector, avezado, reconocería ahí un divertimento. Un divertimento de un gusto ambiguo, más bien perverso, pero un divertimento al fin y al cabo. Si el diario no fuera leído sino por los trabajadores manuales, si el autor de la acusación fuera él mismo un obrero manual, esta acusación sería peligrosa, pero sería sincera. Lo que provoca la duplicidad es que un autor intelectual lanza deliberadamente esta acusación delante de un público doble. El autor, intelectual, sabe qué son la metafísica y la teodicea. El autor no puede creer que su acusación exista. Y porque tiene talento, la acusación -insidiosa- es enunciada en términos cuidadosamente violentos. Los intelectuales verán muy bien que es una buena broma y no despreciarán al periodista como un ignorante. Los trabajadores manuales la tomarán como efectiva.4 La reputación literaria será salvada ante los primeros, la reputación moral se guardará ante los segundos.

No creo que nada sea tan peligroso tanto para el pueblo como para la razón como estos malentendidos de doble sentido. El marqués de Rochefort5 sobresalió en esto. Él supo admirablemente inventar un tipo de calumnia que hiciera sonreír a la gente de espíritu a la vez que sublevar la emoción del pueblo. Hacer la calumnia lo suficientemente grande como para que esa misma grandeza haga entender, a los entendidos, que se entienden a sí mismos; y al mismo tiempo utilizar esta grandeza para sublevar la grandeza de la emoción del pueblo; éste es el doble juego en el que el marqués de Rochefort era considerado un jugador inimitable. De todas las soluciones que se pueden imaginar del problema intelectual-manual, ésta es la más insultante para los intelectuales a la vez que para los manuales, pues supone que los intelectuales son tan sensibles a los placeres ambiguos de una diversión perversa que olvidan los elementos más simples de la moral común, y supone al mismo tiempo que los obreros están tan atareados con su grosera indignación que jamás aprenderán nada sobre los méritos, sobre la verdad y sobre la justicia de los informes que lanzan los fiscales de conveniencia y los abogados generales del periodismo.

Ésta no es la solución injuriosa, dudosa, doble, que aceptamos. Atendiendo al cambio preliminar del plan que nos parece capital en el futuro, en la próxima historia de la humanidad, la salvación del trabajo manual y la salvación del trabajo intelectual será conferida a todos los hombres. Atendiendo que la relación de lo manual con lo intelectual se sitúa libremente en todo hombre, pues en la sociedad presente la repartición es hecha entre individuos y no entre elaboraciones de un mismo individuo, de la misma persona, del mismo hombre, porque el trabajo manual y el trabajo intelectual son distribuidos a individuos diferentes, porque -salvo excepciones, poco numerosas- los unos no trabajan sino apenas con sus manos y los otros con su razón, nuestra solución será la simple solución de la libertad profesional. Por la misma razón que los panaderos no hacen las casas, y que los obreros no hacen la ropa, por esa misma razón los trabajadores manuales, panaderos y albañiles, segadores, sastres y tejedores no harán ni desharán las tesis de filosofía.

Exactamente como no se admite la autoridad profesional del trabajador manual sobre otro trabajador manual en un campo de oficios diferentes, exactamente así no se debe admitir autoridad profesional alguna del trabajador manual sobre el trabajador intelectual. Como los panaderos son ignorantes de la construcción y los segadores de la confección y los tejidos, exactamente así los panaderos y los albañiles, los segadores y los tejedores, ellos, son ignorantes de la teodicea. Es posible enseñarles, si hay razones para que se les enseñe. Es posible no enseñarles, si hay impedimentos o razones contrarias. Pero es halagarlos por lo bajo dejarles por razones políticas un trabajo para el que aún no han adquirido la competencia. Declarémoslo fuerte: un profesor de filosofía puede y debe hacer teodicea cuando la razón se lo demande. Y no es responsable y experto sino ante a la razón, ante la razón razonante, ante la razón que trabaja, ante la razón crítica.

No fundaremos, no dejaremos fundar una religión de la razón. Hemos renunciado a una religión que nos obligue a hacer vigilia en viernes santo; no fundamos una religión que nos fuerce a la gula ese mismo día. Hemos renunciado a fundar una religión que nos ordene creer en un Dios personal, en tres personas, soberanamente bueno, soberanamente amable, todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, y soberano señor de todas las cosas; no fundamos una religión que nos prohíba pronunciar un nombre del que lo menos que se puede decir es que ha tenido alguna fortuna en la historia de la humanidad. La razón no procede de la autoridad presbiteral. Una religión de la razón acumularía todos los vicios religiosos y todo el reverso de las virtudes racionales. Sería un cúmulo raro, singular, culminante, único de vicios comúnmente inconciliables, habitualmente separados, lógicamente contradictorios. Sería como un desafío de acumulación. Un catecismo es insoportable. Pero un catecismo de la razón tendría en sus páginas la más espantosa tiranía. A la vez parodia y texto.

La razón no procede más de las autoridades oficiosas que de las autoridades oficiales. Ni el publicista, ni el periodista, ni el tribuno, ni el orador, ni el conferencista son hoy simples ciudadanos. El periodista que tiene treinta o cincuenta u ochenta mil lectores, el conferencista que tiene regularmente mil doscientos o mil quinientos espectadores ejercen en efecto, como el ministro, como el diputado, una autoridad gubernamental. Hoy se maneja a los lectores como no se ha cesado de manejar a los electores. La prensa constituye un cuarto poder. Muchos periodistas que acusan con razón la debilidad de las costumbres parlamentarias, harían bien en volver sobre sí mismos y considerar que las salas de redacción se mantienen como los parlamentos. Hay al menos tanta demagogia parlamentaria en los diarios como en las asambleas. Se despilfarra tanta autoridad en un comité de redacción como en un consejo de ministros; y tanta debilidad demagógica. Los periodistas escriben como hablan los diputados. Un redactor en jefe es un presidente de consejo, igualmente autoritario, igualmente débil. Hay menos liberales entre los periodistas que entre los senadores.

Es el juego ordinario de los periodistas, amotinar todas las libertades, todas las licencias, todas las revueltas y, en efecto, todas las autoridades, las más contradictorias, contra las autoridades gubernamentales oficiales. "Somos simples ciudadanos", van repitiendo. Quieren así acumular todos los privilegios de la autoridad con los derechos de la libertad. Pero el verdadero libertario sabe advertir la autoridad en donde ella actúa; y en ninguna parte es ella tan peligrosa como ahí donde nota los aires de libertad. El verdadero libertario sabe que hay verdaderamente un gobierno de los periodistas y de las manifestaciones, una autoridad de los periodistas y de los oradores populares como hay un gobierno de las oficinas y las asambleas, una autoridad de los ministros y de los oradores parlamentarios. El verdadero libertario se previene tanto de los gobiernos oficiosos como de los gobiernos oficiales. Porque la popularidad es también una forma de gobierno, y no menos peligrosa. La razón no se hace de una clientela. Un periodista que juega con los ministros y que arguye ser un simple ciudadano no es admisible. Porque también es doble y eso es demasiado cómodo.

Cuando un periodista ejerce en sus dominios un gobierno de hecho, cuando tiene un ejército de fieles lectores, cuando entrena a sus lectores por la vehemencia, la audacia, la ascendencia -medios militares-, por el talento -medio vulgar-, por la mentira -medio político-, y así cuando el periodista se ha tornado verdaderamente un poder en el Estado, cuando tiene sus lectores exactamente como un diputado sus electores, cuando un periodista tiene una circunscripción lectoral, frecuentemente más vasta y más sólida, no puede venir luego a jugarnos el doble juego; no puede venir a lloriquear. En la gran batalla de los poderes del mundo, no puede dar sus golpes redituables en nombre de su poder y cuando los poderes contrarios le devuelvan los golpes, al mismo tiempo, no puede proclamarse como simple ciudadano. Quien renuncia a la razón por la ofensiva no puede reclamar la razón para la defensiva. Habrá una deslealtad insoportable, y por tanto duplicidad.

La razón no procede del terror, que es la forma fina de la fuerza. La razón no procede de la sospecha, que es la forma artera del terror. El régimen del terror, sea del terror gubernamental o del terror popular -no menos gubernamental-, cuando ese mismo régimen prepare altares a la razón, y sobre todo si ese régimen prepara altares a la razón, no es un régimen de la razón. El régimen de los sospechosos, o el ejercicio de la fuerza ejercida es misteriosamente ensanchado por el miedo de la fuerza ejercible, cuando esos sospechosos sean los enemigos de la razón, y sobre todo si los sospechosos son los enemigos de la razón, el régimen de sospechosos es el más contrario a la razón. Pero no hay solamente que temer por la razón un régimen oficial de sospechosos, amplificando un terror oficial. Más temible, en cambio, más odioso, más enemigo de la razón, más detestable es un régimen oficial de sospechosos, como aquél al que nos somete el gobierno de la prensa. Ni las denuncias calumniosas, ni los alegatos sin pruebas son de la razón. La razón no es policiaca. Ella no es más policía de la prensa que policía del Estado.

La razón no procede de esta popularidad más fina y más aireada que se obtiene en los campos de la cultura. Ni las decoraciones del Estado, ni las distinciones corporativas, ni las colaboraciones, ni los grandes profesionales, ni los académicos, ni los festivales científicos, ni los cincuentenarios, ni los centenarios, ni las estatuas ni los bustos, ni los nombres inscritos en las placas de las calles, ni los banquetes, incluso si se les llaman cenas, ni la fama ni la gloria son propias de la razón. Todo eso supone una emulación. Y la razón no procede por emulación. Todo eso supone una aplicación a los trabajos de la razón de cantidades que no son del mismo orden. La razón no admite la rivalidad, sino la sola colaboración, la cooperación. Toda idea de recompensa o de castigo, de sanciones, sean ellas elegantes, espirituales y psicológicas, es difícil proporcionar las ceremonias a los trabajos en las que ellos son la consagración. En las letras, en las artes y en la filosofía, eso es literalmente imposible. Al contrario las obras más fuertes son también las más inesperadas, las menos atendidas, las más envidadas. En fin, las ceremonias laicas imitan siempre las ceremonias religiosas.

La razón no procede de la autoridad histórica. Las mayorías históricas de las generaciones muertas no pueden mandar a la razón más que las mayorías contemporáneas. Así como no es siempre propiamente revolucionaria, la razón no es siempre propiamente tradicional. Pero ella es propiamente racional y razonable. Asimilarla o identificarla con la revolución es despreciarla; asimilarla o identificarla con la tradición también. Ella es la razón. Y no obedece a la revolución, no obedece a la tradición, ella no obedece tampoco a la coincidencia de las dos, a la tradición revolucionaria. Porque por un acoplamiento singular, por una vuelta inesperada, vemos cada vez más que las fuerzas revolucionarias se cristalizan en formas tradicionales. Cada vez más la revolución, que es la ruptura de la tradición, tiende a constituir ella misma un dispositivo tradicional. Y de cara a estas nuevas tradiciones revolucionarias -y en tanto revolucionarias, pues son tradiciones-, la razón no tiene ya más sus dos libertades propias: libertad que sabe guardar frente a la tradición, libertad que sabe guardar frente a la revolución. En todos los tiempos los movimientos revolucionarios, las rupturas de la tradición, esencialmente libres de origen, han tenido la tendencia de recaer en el antiguo automatismo. Así la conservación recomienza, la tradición renace con la materia misma de la que hicieron la revolución. Pero nunca como hoy el movimiento revolucionario ha estado tan amortiguado por formas ya tradicionales, ya conservadoras. Por una extraña inconsecuencia, o por una extraña insuficiencia de pensamiento, el precedente constituido por la Revolución francesa, por la gran revolución burguesa, ha fascinado a los revolucionarios socialistas, les fascina hoy mucho más que nunca. Las jornadas de 1830, las jornadas dobles de 1848, los meses de la Comuna6 han contribuido a formar, han completado como un código revolucionario. Nunca como hoy los partidos revolucionarios, los comités, las comisiones, los congresos, los consejos han fracasado en su vinculación, no están ligados, no han vinculado a sus electores y sus secretarios, por tanto ceremonial, por tanta etiqueta, por tanta costumbre, por tanto protocolo, por tanta tradición, por tanta conservación.

Por una ingratitud mental singular, los gobiernos revolucionarios, las autoridades sociales se oponen a la razón, a la libertad en las que ellos nacieron, a las tradiciones suplementarias, a las conservaciones sobrecargadas. La razón no debe someterse a esas tradiciones onerosas ni porque son tradicionales, ni porque son revolucionarias. Imitar a los antiguos revolucionarios, a los viejos revoltosos, no consiste en pensar exactamente, frente al mundo que conocemos, los pensamientos que ellos tenían del mundo que fue su contemporáneo. Pero es imitarlos bien tener frente al mundo que conocemos la misma actitud, el mismo sentimiento de libertad, de razón, que ellos tuvieron frente a su mundo. Imitar servilmente, puntualmente sus ideas, así como aceptar una herencia inerte, muerta, tener frente al mundo presente las ideas que ellos tuvieron frente al mundo pasado, repetir a nuestros ancestros -que fueron justamente revolucionarios porque ellos no imitaron a sus ancestros-, calcar sus ideas, sería no imitar ni su conducta ni su método ni su acción ni su vida. Eso sería no imitar el uso que ellos hicieron de la razón.

Imitar bien a los antiguos revolucionarios es posicionarnos libremente cara al mundo, como ellos se posicionaron libremente cara al mundo. No es situarnos servilmente cara su mundo. Es usar de la razón como ellos la usaron, sin ningún artificio de escuela ni retraso ficticio. No más que lo que no debemos fijar a la revolución social ni imponer a las humanidades futuras nuestros sistemas, no debemos imponerles sistemas heredados, aunque sean heredados de revolucionarios. No debemos imponerles, comunicarles a través nuestro, sistemas viejos. No debemos transmitir autoridades que no debemos instituir. La operación sería la misma. Aunque el sistema impuesto más tarde por la revolución haya nacido entre nosotros o nosotros lo hayamos recibido de nuestros mayores, el resultado sería el mismo. Sería siempre marcar a la humanidad en lugar de liberarla. Sería siempre regatear y distorsionar la liberación. Sería siempre oprimir a la razón, hacer pesar sobre la razón libre las viejas obras de una razón menos libre. Sería siempre monetizar la esclavitud económica para beneficiar al personal revolucionario.

No traemos con nosotros, no traemos ni como un invento ni como una herencia, sentimientos inéditos, fabricados expresamente por nosotros y que lleven la marca de su fabricación. No pretendemos reemplazar, suplir, reestablecer en la tienda los viejos sentimientos que han traído la alegría o la consolación, el bienestar y la belleza del mundo. No tenemos sentimientos nuevos que remplazarán al antiguo amor, la amistad, los afectos, los sentimientos y pasiones del amor, los sentimientos y las pasiones del arte, de las ciencias, de la filosofía. No somos dioses que creamos el mundo. Queremos convertirnos en tesoreros útiles, administradores informados, diligentes, del hogar. No pedimos crear animalidades o humanidades sino, modestos, pedimos que los bienes económicos de la humanidad presente sean administrados por los mejores a fin de que, habiéndose parado el cuello la esclavitud económica, las cabezas libres se enderecen, los cuerpos vivan saludables y las almas también. Somos antes que nada modestos. Un socialismo orgulloso sería una aberración. Una metafísica sería criminal, o una locura.

La razón no procede de la educación. Y tocamos aquí el más grave peligro del tiempo presente. A pesar de la complicidad de las palabras mismas, la educación no debe ser dominación7. Es la educación la que debe inspirarse en la razón, guiarse por la razón, modelarse bajo la razón. No debe ser que después de haber sufrido nuestra negligencia, el pueblo de hoy sea deformado por nuestra complacencia. No vaya a ser que habiendo sufrido la ignorancia en la que fue abandonado, sea hoy deformado por un medio-saber, que es siempre un falso saber. Los indigestos programas enciclopédicos son el inmenso peligro de la enseñanza primaria, pero son aún más el inmenso peligro de la enseñanza primaria superior, son el más alto grado, el más grande peligro y la inmensa dificultad de las universidades populares. Individuos admirablemente dedicados, perfectamente sabios, personas entendidas, previenen, evitan el peligro, dan la vuelta, superan la dificultad, pero ellas son también las primeras personas en imponer medidas. Aquellos que aman la primaria, los maestros y el pueblo, ellos están preocupados con razón.

Hacer o dejar creer al pueblo de trabajadores manuales, a los diferentes grados de enseñanza primaria, que el trabajo de la razón obtiene sus resultados sin dolor, sin esfuerzo y sin aprendizaje sería falsear irreparablemente el espíritu del pueblo, sería traicionar a la razón más numerosa, hacer delirar a la razón más numerosa, alentar la locura general, cultivar la demencia y sembrar la sinrazón a manos llenas. Sobre todo porque el pueblo sabe muy bien, el pueblo admite muy bien -mejor que los burgueses-, el pueblo conoce por su experiencia profesional que sin un orden el trabajo manual no obtiene sus resultados gratuitos, regalados. Todo el mundo sabe que en todos los oficios manuales se debe trabajar y se necesita haber aprendido. Por qué injusta inferioridad, o por qué complacencia demagógica en el fondo, por qué halagos se hará creer o se dejará creer al pueblo que la ciencia, que el arte y que la filosofía, que los trabajos intelectuales, que los trabajos de la razón no son también serios.

Vulgarizar, extender al pueblo de los trabajadores el viejo prejuicio aristocrático sería ofrecer a la democracia el pero de los malos servicios. No debe ser tampoco que el pueblo quiera saber todo sin haber jamás aprendido nada. No debe ser que el pueblo ya no sea dado a más pena que a la de nacer pueblo. Nunca hemos tenido la idea de hacer pan sin conocer la panificación, ni de labrar sin saber de labranza. Porque se quiere tratar los grandes problemas sin haber hecho el aprendizaje suficiente. Porque estamos relativamente de acuerdo en que la ciencia exige un aprendizaje, pero ello se niega muy seguido en las letras, en las artes, en la filosofía. Se introduce así la presunción más peligrosa; se prepararían las decepciones más graves, más merecidas. Aquello que ha de ser enseñado al pueblo, no es ni una vanidad, ni un orgullo, es la modestia intelectual, es esta justeza que es la justicia de la razón. En lugar de lanzarlo sobre la existencia o, lo que es lo mismo, sobre la inexistencia de Dios, sobre la inmortalidad del alma o sobre su supervivencia o sobre su mortalidad, sobre el determinismo o el indeterminismo, sobre el materialismo o la filosofía de la historia, enseñémosle modestamente las materias más prontas. Eso, por sí solo, será íntegro, será probo. Solamente así respetaremos al pueblo.

No es que queramos prohibir a la gente el acceso a la razón. Al contrario, somos nosotros quienes no queremos que se rompan la nariz en puertas falsas. Pedimos que avance razonablemente, sabiamente, racionalmente por los caminos de la razón, tan lejos como pueda, pero con toda honestidad. La razón no utiliza la mentira. Por lo falso el camino sería más corto. Si se está frente a un auditorio que no entiende la demostración de un teorema sobre el cuadrado de la hipotenusa, no hay que fabricar una demostración falsa pero que aparentemente conduce a la misma respuesta y presentarla al pueblo con la tranquilidad del mundo como si no pasara nada, porque la verdadera demostración conseguiría una garantía adicional eternamente válida, una certeza. Pero no, nosotros decimos honestamente a quienes son geómetras: los geómetras demuestran que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los lados del ángulo recto. - No hay que olvidar que la mayor parte de los grandes problemas son más difíciles y demandan más preparación que el teorema del cuadrado de la hipotenusa.

Quisiéramos instituir un reino más allá y por encima de la humanidad no sólo para garantizar la independencia, la plena libertad de la razón. Es en la humanidad misma y por la humanidad que sabemos que la razón funciona. Que la humanidad escuche la voz de la razón es el interés común de la razón y de la humanidad. Los dos intereses son aquí inseparables. Pero el funcionamiento, el trabajo de la razón tiene su propia característica, que en ese trabajo no se debe nunca sacrificar nada por el éxito exterior. Hace falta que la razón penetre más y más a la humanidad; hace falta que la razón se inserte más y más en la acción, pero a condición de que en esta penetración, de que en esta inserción, la razón no haga mella. Las ventajas que la razón deriva de su propio trabajo y las ventajas que la razón y la humanidad derivan de su propagación no son ventajas de un mismo orden, que se balancean y pueden ser equivalentes. Pero las ventajas propias de la razón trabajadora son rigurosamente condicionales, constituyen la condición indispensable sin la que toda ventaja exterior es nula.

Debemos trabajar todo lo posible para hacer avanzar a la razón en su propia obra; debemos trabajar todo lo posible para hacer entrar la razón a la acción de la humanidad, pero estos dos esfuerzos no son del mismo orden; el segundo está rigurosamente condicionado por el primero. El primero es absolutamente libre del segundo.

La razón no es todo lo que hay en el mundo. Sabemos, por la propia razón, que la fuerza no es algo despreciable, que muchas pasiones y sentimientos son venerables o respetables, poderosos, profundos. Sabemos que la razón no agota la vida ni lo mejor de la vida; sabemos que los instintos y el inconsciente son de un ser sin duda más profundamente existente. Estimamos en su valor los pensamientos confusos, las impresiones, los pensamientos obscuros, los sentimientos y también las sensaciones. Pero pedimos que no se olvide que la razón es para la humanidad la condición rigurosamente indispensable. Sin la razón no podemos estimar en su justo valor todo aquello que no es la razón. Y no es sino por la propia razón que podemos preguntarnos qué conviene y qué no conviene a la razón.

Lo único que nosotros pedimos -y lo pedimos sin ninguna reserva, sin ninguna limitación-, no es que la razón lo sea todo, sino que no haya ningún malentendido en el uso de la razón. No defendemos a la razón contra las otras manifestaciones de la vida. La defendemos contra la manifestaciones que, siendo otras, quieren ponerse en su lugar y degeneran en sinrazones. No la defendemos contra las pasiones, contra los instintos, contra los sentimientos como tales, sino contra las demencias, contra las sandeces. Pedimos que no se haga creer al pueblo que se habla en nombre de la razón cuando se utilizan medios que no son los medios de la razón. La razón tiene sus propios medios, que ella emplea en las artes, en las letras, en las ciencias, en la filosofía. Sus medios no son de ninguna manera descalificados por los estudios que comenzaremos sobre los fenómenos sociales.8 No es sino cuando la materia de estudio es particularmente compleja, inestable, libre, difícil, que podemos privarnos de una herramienta importante o que podemos distorsionarla.

Charles Péguy

 

Notas

1 Tradujo Diego I. Rosales Meana del original francés De la raison, basado en la edición de las obras completas de Charles Péguy, CEuvres en prose completes. Tome I. Paris: Éditions Gallimard, Bibliothéque de La Pléiade, pp.834-853. Edición presentada, establecida y anotada por Robert Burac. Agradezco a Juan Carlos Vila, Gabriel Leal y Juanma Escamilla los comentarios y sugerencias a la versión y el estilo final y de esta traducción. [N. del T.]

2 Joseph Ernest Renan (1823-1892) fue un filósofo, filólogo e historiador francés, miembro de la Académie française y administrador del College de France, hasta que fue expulsado de él por sus opiniones sobre la realidad histórica de Jesucristo. Fascinado por la ciencia y la teoría darwiniana de la evolución, estableció una relación entre las religiones y sus raíces histórico-étnicas. Sus ideas sobre la etnicidad, la nación y la raza fueron sumamente polémicas. No obstante su disenso del antisemitismo alemán de finales del s. XIX, consideró que los semitas eran una raza "mentalmente limitada por el dogmatismo" y culturalmente sectaria. [N. del T.]

3 Péguy habla aquí de un artículo de Gohier aparecido en L'Aurore el 28 de octubre de 1901 intitulado "Jaurés y Dios'; que atacaba la tesis de Jaurés, De la realidad del mundo sensible publicada, en 1981, por Félix Alcan (al costo de 7 fr. 50). Jaurés respondió a Gohier en un artículo de La Petite République del 30 de octubre de 1901, intitulado "Ignorancias". [N. del E.]

4 Péguy utiliza una expresión coloquial francesa de la que hemos traducido únicamente su sentido pero no su literalidad. El original dice: «Les ouvriers manuels prendront pour argent comptant», que literalmente quiere decir: "Los trabajadores manuales la tomarán como dinero en efectivo". "Tomar algo como dinero en efectivo" es una expresión cuyo uso coloquial en Francia quiere decir: "dar por cierto algo de manera ingenua". Como el lector comprenderá, este lugar común que identifica lo verdadero con el dinero, tiene un matiz especialmente elocuente cuando se aplica a los obreros. [N. del T.]

5 Victor Henri Rochefort, marqués de Rochefort-Lucay (1830-1913) fue un periodista, dramaturgo y político francés. Como periodista fue un gran polemista, abrazando a lo largo de su vida prácticamente todas las posturas políticas controvertidas, desde el anticlericalismo y el nacionalismo hasta participar en la Comuna de París, asumir el socialismo y ser antidreyfusard. Su espíritu polemista era de tal grado que se ganó el mote de "el hombre de los veinte duelos y los treinta procesos". Estuvo en la cárcel de Numea, Nueva Caledonia, a la que fue deportado a pesar de las intervenciones en su favor por parte de Victor Hugo. Se escapó de ella en 1874, escape al que, por cierto, Édouard Manet dedicó uno de sus lienzos. Péguy se refiere a la capacidad que tuvo para verse envuelto hasta el fondo en todas las polémicas que sostuvo, por contradictorias que pudieran ser algunas veces sus posiciones. [N. del T.]

6 Péguy puede referirse aquí a varios acontecimientos que tienen que ver con el origen de la socialdemocracia en Europa a lo largo del siglo XIX. La revolución de 1830 comenzó en Francia con la Revolución de Julio (la famosa pintura de Delacroix, La libertad guiando al pueblo, conmemora esta revolución). Las "jornadas revolucionarias" en Paris en ese 1830 llevaron al trono a Luis Felipe I. El movimiento se extendió por Europa hacia Bélgica (que consiguió su independencia), Alemania e Italia, en donde se identificó con movimientos de tipo nacionalista unificador, y a Polonia y el Imperio austriaco, en donde fue más bien un movimiento nacionalista disgregador. Las potencias absolutistas y monárquicas de la Santa Alianza (Austria, Rusia y Prusia) consiguieron reconducir este proceso revolucionario para sus propios fines, por lo que no cayeron sino hasta la siguiente revolución en 1848. Por otra parte, aunque Inglaterra no participó de este movimiento antiabsolutista, formó parte de tal tendencia en la medida en que fue gestando en su entraña, poco a poco, el movimiento obrero, en concreto a través del movimiento Cartista. Entre 1830 y 1840, basado en la Carta del pueblo -People's charter, un documento escrito en 1837 en el que se expresaban seis peticiones de los obreros frente a las discriminaciones y abusos padecidos por la revolución industrial-, surgió el movimiento que reivindicaba a la clase obrera. Es significativo que fue en 1848 (el mismo año que tuvo lugar en la Europa continental la segunda revolución antiabsolutista) cuando Marx publicó en Londres el Manifiesto del partido comunista. Por último, la Comuna de Paris fue un movimiento insurreccional que quería instaurar un proyecto político horizontal y autorregulativo, muy semejante al anarquismo o a alguna versión democrática del comunismo. La Comuna tuvo existencia durante muy pocos meses: entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871. Todos estos son eventos importantísimos, hitos, en la historia de la socialdemocracia en Europa, a la que Péguy se adhería entusiasta y explícitamente. [N. del T.]

7 Péguy hace un juego de palabras que hemos intentado traducir. El original francés dice: «Il ne faut pas que la pédagogie soit de la démagogie». Literalmente, habría que traducir por: "La pedagogía no debe ser demagogia" pero se pierde la afinidad fonética entre ambos vocablos. Hemos optado, por ello, por traducir «pédagogie» por "educación" y «démagogie» por "dominación". [N. del T.]

8 Hay que recordar que este ensayo es un prólogo a los Estudios socialistas de Jean Jaurés. [N. del T.]

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