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Editorial

 

Solidaridad contra la barbarie

 

Un país que devora a sus hijos cava su propia tumba. El asesinato de siete personas y la desaparición de 43 estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014 nos han colmado de inquietud a todos los mexicanos, de por sí atravesados por el dolor. La indignación ha incendiado al mundo entero. Ayotzinapa le da rostro a las miles de víctimas inocentes que sufren y han sufrido anónimamente el cáncer de la injusticia que cimbra nuestra patria.

Ya han pasado más de tres meses de semejante barbarie y la mayoría de los estudiantes no ha aparecido. Por si fuera poco, en la búsqueda de los que nos faltan, han sido encontradas fosas comunes clandestinas pobladas por cadáveres anónimos que no pertenecen a los estudiantes desaparecidos y que siguen sin ser identificados. ¿Quiénes son ellos? ¿Quiénes son sus madres, padres, tíos; quiénes sus hijos sufrientes? ¿Cuántas fosas más encontraremos? ¿Cuántas no encontraremos nunca? ¿Cuántas personas han sido enterradas en el intento de borrar las huellas de su paso por la Tierra?

El caso de Ayotzinapa, sin embargo, no está aislado. Es la conclusión obvia de la violencia sistémica que ha azotado a México desde hace ya muchos años. Ayotzinapa provocó una explosión mediática que sensibilizó a México y al mundo sobre el osario en que hemos convertido el país, pero es preciso que el barullo mediático no acabe de enterrar la carne de los sufrientes; es preciso que adquiramos conciencia de que no son solamente 43, sino miles, los desaparecidos y los asesinados impunemente, y aún más: que reconozcamos hasta qué punto todos somos, en alguna medida, solidarios con los sicarios, pues al tiempo que preguntamos, alarmados, cómo ha sido posible alcanzar semejante barbarie, incluso los mejores de nosotros son cómplices de la impunidad y la corrupción: la ley es para que la observen los demás y es tenida por un obstáculo para los ingenuos (a quienes llamamos con nombres más folclóricos). Siempre que es posible, tomamos el atajo.

Ya no se trata solamente de Ayotzinapa, o de Tlatlaya, de Ciudad Juárez, de Aguas Blancas o de Acteal. Si bien, es difícil encontrar un denominador común entre todos estos horrores, eso no quiere decir que sea imposible, y éste quizá consista en que son, precisamente, horrores, tragedias, que han permanecido en la impunidad por la (ir)responsabilidad y la complicidad del Estado mexicano. Se trata, pues, de advertir que en México hemos adorado a la corrupción, que premiamos con la impunidad a los inicuos y que hemos hecho de la perversidad nuestra diosa, ¡pero ya estamos asqueados! No solamente son los 43, sino miles los niños convertidos en sicarios, los campesinos que, a su pesar, trabajan para el narco, las "mulas" que alimentan el mercado más drogadicto del mundo, el estadounidense, a precio de sangre latinoamericana...

Tal escenario, creemos, no debe llamar a la desesperación sino a convertirnos en cómplices de la esperanza de nuestros hermanos. Si somos solidarios y nos tomamos en serio nuestra responsabilidad civil, aún en medio de este tiempo yerto y desolado, acaso podamos fundar un orden nuevo. Ésa es la esperanza de quienes hacemos la Revista de filosofía Open Insight y de todos los que formamos el Centro de Investigación Social Avanzada: nos hacemos uno con el clamor de los mexicanos y su urgencia por instaurar en México un orden nuevo que vuelva redundante al monstruoso Leviatán mexicano que, cual Cronos, devora a sus hijos.

O salimos a la plaza a hacer política o seguiremos cavando la tumba de nuestros hijos. No les pedimos a los señores gobernadores que sean santos ni que regalen sus túnicas; exigimos que hagan el mínimo de trabajo que nos es a los ciudadanos debido. Exigimos, a nuestros gobernantes, a la clase política en general y, concretamente, a Enrique Peña Nieto, a Jesús Murillo Karam, a Arely Gómez, a Miguel Ángel Osorio Chong y a Enrique Francisco Galindo Ceballos, que encuentren a los desaparecidos y que juzguen a los responsables... les exigimos que dejen de construirse casas blancas en las que esconderse de los millones de pobres cuya esperanza defraudan sus frivolidades y su incapacidad de enfrentar la corrupción y la violencia de la que han vuelto cómplice al Estado mexicano. Les suplicamos transformar sus corazones y abandonar el cinismo que los retrata; aunque es cierto que acaso ya no sea tiempo de tales reclamos, pues a estas alturas y frente a la impunidad reinante, acaso este juicio nos toque hacerlo a los ciudadanos, promoviendo la verdadera autonomía del poder judicial y el desafuero de la casta política, pues tal vez sea a los funcionarios a quienes, ante todo, haya que perseguir y juzgar.

A pesar de todo, creemos que tampoco basta condenar a nuestros políticos. Creemos que es preciso seguir este grito hasta su cauce y descubrir el anhelo de paz de donde procede. Ni la voluntad de dominio, ni la política, ni el mercado tienen en sí el poder de reconstruir el tejido de una nación desgarrada. Creemos que a los males públicos hay que empezar por oponer una profunda transformación del corazón de los mexicanos, en cuyo fondo, sabemos, late el anhelo de una paz justa y digna. Si en México hay un futuro, hay que tejerlo entre todos, con nuestras manos. La filosofía no tiene aquí un papel menor, pues ella es, en primera instancia, la confrontación de nuestra vida con el bien, la verdad, con la belleza. La filosofía ha de ser, así, criba de nuestra existencia para que no se convierta en cómplice del mal: no nos podemos permitir heredar un mundo peor que el que recibimos.

Advertimos la urgencia de inaugurar, desde la acción solidaria de la ciudadanía, una nueva forma de hacer comunidad. Convocamos a la creación de una política del alma, de los rostros. Llamamos a la instauración una política de la razón encarnada que se le oponga a la máquina violenta del narcoestado que demanda el sacrificio de las mujeres obreras, el asesinato de los estudiantes, los periodistas y los luchadores sociales; repudiamos la extorsión de nuestros hermanos los migrantes latinoamericanos, los secuestros y, en fin, la criminalización del pueblo mexicano.

El Cisav refrenda, por eso, su misión de colaborar con México en la formación de personas responsables y comprometidas con la comunidad a la que pertenecen. Porque la política de los ciudadanos, ésa sí, no ha de ser, como la de los políticos, de mínimos; debe significar la capacidad de actuar en común, de modificar el destino de nuestra patria no según lo que dicte aquél que ostente el poder, sino según lo que los ciudadanos, en tanto ejercitadores de nuestra razón, seamos capaces de determinar. No es que la culpa no sea de los políticos de gabinete. Pero la responsabilidad es de todos, que abandonamos la arena pública en manos de los corruptos a quienes no solamente promovemos, sino incluso envidiamos en su mañosa habilidad de salirse con la suya, y a quienes a menudo imitamos. Consideramos nuestro deber apostar nuestros corazones y nuestras vidas en pro de los demás, ejercer nuestra razón, pronunciar nuestra palabra, gastar nuestra salud, nuestro tiempo y hasta nuestro dinero para decidir el común destino de la sociedad en la que estamos instalados, no solamente el día de las elecciones, sino todos los días.

La libertad no consiste en el cumplimiento anárquico de nuestros caprichos, sino en la magnanimidad de apostar la vida en un compromiso con los otros, con el mundo que hemos de heredarle a nuestros hijos, y no solamente con el propio interés inmediato, pues quien sólo se guía por su interés, en el fondo depende de él mismo y no toma decisiones libres. O somos capaces de juzgar la situación de nuestro entorno, y así, de juzgar también a los responsables de los crímenes que desde hace años se han vuelto en México endémicos, o estamos renunciando a una dimensión fundamental de nuestra humanidad: la dimensión moral; y semejante renuncia no nos transforma en amorales, sino en inmorales.

Insistamos aún otra vez sobre un punto: creemos que hay esperanza y que siempre puede haberla, si nosotros mismos velamos por que ella no mienta en el mundo. Abrazar el anhelo de la justicia y paz que revela nuestra indignación ya es un abrirle la puerta a un futuro probablemente promisorio. Por eso quienes conformamos el Cisav no somos ajenos a este grito que demanda justicia y paz, y nos unimos al gemido de los padres de los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa y a la inquietud de tantas otras personas que han sido víctimas del mal y de la indiferencia.

La ausencia indebida de cualquiera de nosotros solamente es posible por la indiferencia que nos hace cómplices de los violentos. Por eso, queremos empezar por decirle basta a nuestras omisiones, las de la sociedad civil, las de cada uno de nosotros. Rechazamos, así, las concesiones y las complicidades con los violentos, empezando por las nuestras. Queremos rechazar, e invitar a rechazar la creciente injusticia desde un aumento del compromiso hacia nuestros hermanos y en la reconstrucción solidaria del tejido social; queremos oponer a la violencia que lastima a la humanidad, una invitación a la solidaridad que la acoja y resguarde. La violencia nos interpela como un llamado a ser corresponsables de la esperanza de nuestros hermanos, para que la muerte y la barbarie no tengan la última palabra.

Centro de Investigación Social Avanzada, México
Enero de 2015

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