Reseña de: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Una fenomenología hermenéutica del Cántico Espiritual B, de San Juan de la Cruz, de Lucero González Suárez

Reseña de: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Una fenomenología hermenéutica del Cántico Espiritual B, de San Juan de la Cruz, de Lucero González Suárez

“Nuestra fe comienza precisamente donde los ateos piensan que acaba. Nuestra fe comienza en esa dureza y poderío que es la noche de la cruz, de la tentación y de la duda sobre todo cuanto existe. Nuestra fe tiene que nacer donde todos los hechos la desmienten. Tiene que nacer de la nada, tiene que gustar y saborear esa nada, como ninguna filosofía nihilista se lo puede figurar”.
H. J. Iwand.

Cada obra filosófica muestra un conjunto de inquietudes intelectuales y, sobre todo –así debería ser, aunque en realidad no es así– existenciales. La obra de Lucero González Suárez, bajo el poético título de ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? y el descriptivo subtítulo de Una fenomenología hermenéutica del Cántico Espiritual B, de San Juan de la Cruz es una notable muestra del modo en que las más profundas preguntas existenciales pueden orientar el quehacer filosófico. La autora nos convoca a la reflexión no como un mero ejercicio académico, sino como un compromiso vital que se mantiene en todo momento.

La obra establece un diálogo crítico con los principales exégetas de la poesía mística de San Juan de la Cruz (SJC, en adelante). No se limita a la revisión de esta última, sino que, como se indica en la introducción, “aspira a subsanar una carencia: hasta donde sé, no hay ningún estudio fenomenológico que, sin dejar de lado la dimensión teológica de la doctrina de SJC, haya logrado dilucidar el origen, la esencia, estructura y sentido último del proceso místico, a través de la interpretación puntual de un testimonio vital como el Cántico Espiritual B” (González, 2017: 18-19). El libro se inscribe dentro de la filosofía de la religión en tanto que se pregunta por la esencia de la experiencia religiosa y, en ese sentido, muestra las diferencias entre el camino de la religión y el de la mística.

El libro constituye una meditación filosófica en todo sentido, pues “la filosofía que aquí desarrollo es ontología regional por su objeto (el amor-ágape como esencia del misticismo y de lo divino); fenomenología, por su método; hermenéutica, porque aquello a lo que se dirige la pregunta por el ser del amor místico es una construcción textual” (González, 2017: 19). Es una obra actual, que recupera algunos aspectos de la ontología heideggeriana; aplica el método fenomenológico para dar cuenta de la experiencia mística; interpreta un texto poético-místico y, al hacerlo, muestra el modo en que la palabra se pone al servicio de la experiencia.

En el primer capítulo “Apuntes para una fenomenología hermenéutica de la experiencia mística”, la autora muestra su concepción de la filosofía. Ella, al igual que Heidegger, piensa que “filosofar es dirigir la mirada hacia los fenómenos para hacerlos comprensibles […] Es por ello que la investigación del fenómeno místico-religioso supone la reflexión acerca de los rasgos específicos de éste; de la disposición existencial que supone el encuentro con lo divino; de lo sagrado, como un ámbito de sentido autónomo; de las mediaciones a través de las cuales se manifiesta lo divino (hierofanías y misteriofanías)” (González, 2017: 23). De esa concepción del quehacer filosófico se desprende la necesidad de dedicar el primer capítulo a una presentación metodológica, que permite comprender la importancia y actualidad de la fenomenología hermenéutica “de innegables raíces heideggerianas” (González, 2017: 23). La fenomenología permite una aproximación esencial a lo que aparece. La fenomenología hermenéutica permite comprender la experiencia mística a partir de los testimonios escritos.

El método aplicado para el análisis de la poesía mística de SJC se construye en diálogo con la ontología fundamental de Heidegger, para quien “ontología y fenomenología no son dos distintas disciplinas pertenecientes a la filosofía. Estos dos nombres caracterizan a la filosofía misma por su objeto y por su método” (González, 2017: 38). En la obra no se trata de asumir la ontología heideggeriana de manera acrítica, sino de retomar aquellos aspectos relevantes para una fenomenología de la mística.

Aunque el trabajo se sitúa en el centro de la filosofía de la religión, sería más adecuado inscribirlo en el interior de la fenomenología de la religión y de la mística. No se trata de una reflexión sobre la existencia de Dios; es un texto que nos interpela a todos, independientemente de nuestras creencias religiosas e incluso a pesar de ellas. Por eso se dice que “la existencia de Dios y de los dioses es un prejuicio que la investigación fenomenológica pone entre paréntesis, a fin de conservar su neutralidad; que no juega papel alguno en la descripción esencial de la experiencia y del proceso místicos. A la fenomenología de la religión y de la mística no les concierne ocuparse con la pregunta por la existencia de Dios” (González, 2017: 43). En ese sentido, como se señala en diferentes momentos, es necesario distinguir entre el Dios de la fe y el Dios de los filósofos. Uno es el Dios-concepto de la onto-teología y otro el Dios del cristianismo. La fenomenología hermenéutica de la mística no busca concluir la existencia de Dios.

El capítulo II, “La mística de San Juan de la Cruz: respuesta amorosa al llamado universal de Dios”, constituye un postura sobre la experiencia mística que, en principio, puede parecer paradójica: la experiencia mística es universal y, por tanto, está abierta a todo ser humano que tenga la disposición a recorrer el arduo camino descrito por SJC. La posición de SJC a favor de la universalidad de la mística constituye una crítica a la tradición, representada por la obra de San Agustín, toda vez que para el obispo de Hipona la predestinación es la condición del encuentro con lo divino: “Defender la predestinación implica negar la universalidad del misticismo” (González, 2017: 65).

La propuesta aquí es que la unión mística únicamente se concreta a partir del amor-ágape, entendido como “entrega incondicional y donación libre de sí; es ofrenda existencial. En la ofrenda de sí, la exigencia se transfigura por su contacto intuitivo con la otredad. Para entregarse a lo totalmente Otro, el espiritual debe vaciarse de todo apetito, independientemente de sí el objeto de éste es natural o sobrenatural” (González, 2017: 51).

Para la realización de la vida mística, SJC postula cinco principios. El primero es que Dios crea al ser humano para que pueda alcanzar la unión con su Creador, que consiste en el ejercicio permanente del amor-ágape. El segundo principio, implica que los medios han de ser proporcionados al fin sobrenatural, que es la unión. El tercero, plantea que el amor-ágape, es exclusivo y excluyente, por lo que dicho amor sólo se puede dirigir al Amado. Es importante, en ese punto, no caer en el error de pensar que la unión amorosa cancela la diferencia entre el ser humano y lo divino, pues “la transformación amorosa del matrimonio espiritual no cancela la diferencia ontológica entre el hombre y Dios. La distancia entre ambos es infranqueable” (González, 2017: 54). El cuarto principio plantea que los medios naturales de que dispone el hombre no son suficientes. Finalmente, el quinto principio es que para la unión se requiere de la fe, pues “la fe mística es experiencia amorosa del orden sobrenatural que el Amado infunde por gracia” (González, 2017: 56).

La experiencia mística supone transitar por la “noche oscura”, entendida como un espacio de búsqueda del Amado, pero “la noche mística de la contemplación no sólo comporta una faceta de oscuridad sino también un aspecto luminoso” (González, 2017: 62). Por eso, la “noche oscura” requiere soledad, alejamiento del mundo y de todas las perturbaciones contenidas en él. La soledad es condición para concretar el encuentro con lo divino.

El capítulo III, “Hacia una fenomenología del Cántico Espiritual B. Principios hermenéuticos”, pone en el centro de la reflexión filosófica al lenguaje, la palabra y el habla. Se trata de pensar el modo en que la palabra poética se transforma en un cántico místico al ser resonancia de alguna manifestación de lo divino. La idea es reflexionar sobre la poesía mística y reconocer lo inefable del nombrar poético, que pone en palabras una experiencia y, al hacerlo, da cuenta de ella.

Luego de los tres capítulos “preparatorios” llegamos al cuarto, “Fenomenología hermenéutica de Cántico Espiritual B”, que constituye la parte nuclear de la obra. Se trata de una interpretación plena de las 40 canciones que componen el poema místico. El recorrido por esas páginas permite comprender el tránsito del deseo de Dios a su encuentro. La belleza la poesía de SJC se transforma en una interpretación y descripción de la experiencia mística.

El amor místico parte de la iniciativa del Amado, que produce sobre la amada una herida de amor, que permite iniciar el itinerario de la búsqueda del Dios que se esconde. Es decir, el complejo tránsito por la “noche oscura”. Como señala la autora, “el origen del proceso místico es el enamoramiento. Sólo al término de las purgaciones pasivas, el amor-eros se transforma en amor-ágape” (González, 2017: 128).

Resulta fundamental comprender que el proceso místico descrito por SJC no es lineal, ni se puede entender como un simple señalamiento de lo que se debe hacer para transitar por la “noche oscura”. SJC no prescribe un camino. Más bien, pone en verso su experiencia y, al hacerlo, pone en acto la universalidad de la mística. Se trata de un itinerario complejo, que requiere de la renuncia a los apegos, pues sólo de ese modo se puede lograr un amor místico maduro. La cuestión es construir una vida fáctica orientada exclusivamente por el amor-ágape.

El recorrido por las canciones permite comprender no sólo que la vía mística se encuentra abierta para todo aquel que tenga la disposición voluntaria de hacerlo, sino sobre todo que la vida mística no promueve el egoísmo ni el individualismo, constituyendo un llamado para que los hombres se encuentren en comunión unos con otros y primordialmente con lo divino.

El místico es destinatario del amor divino porque dicho amor yace en él. Por eso “el amor-ágape es vocación y respuesta; al llamado universal a recibir el don de la vida eterna y acogida del mismo” (González, 2017: 254). Pero SJC no se dirige exclusivamente a los místicos, sino a todos aquellos dispuestos al camino de la renuncia para el encuentro con el Amado.

El libro no sólo constituye una notable interpretación del Cántico Espiritual, sino que hace compresible la experiencia mística como un camino de renuncia de la religión y de los placeres mundanos para poder consumar la unión con el Amado. Una última palabra, como dice SJC: “el fin de todo amor […] es recibir y no dar.”

Todo lo anterior constituye una invitación a leer y pensar una obra profunda y comprometida con el quehacer filosófico que no se agota en la producción del saber, sino que reconoce y exalta una forma de vida. Al final, en la obra se convoca a una experiencia de la que podría ser la razón última de todo: el amor. Por eso las últimas preguntas de la conclusión nos remiten nuevamente a todo el recorrido del libro: “¿quién alberga hoy en su corazón un deseo infinito de Dios? ¿Una nostalgia infinita de su amor?” (González, 2017: 303).

Por Víctor Ignacio Coronel Piña

Universidad Nacional Autónoma de México, México.

victorignacio.coronel31@gmail.com

Referencias bibliográficas

González, L. (2017) ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Una fenomenología hermenéutica del Cántico Espiritual B, de San Juan de la Cruz. Ciudad de México: Universidad Iberoamericana.

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