La filosofía frente al conflicto

La filosofía frente al conflicto

El espacio público se ve atravesado, con cierta frecuencia, por el conflicto. Las raíces de los conflictos son múltiples; pero, sin duda, entre otras se cuenta el disenso respecto de lo que es bueno para hacer mejor la vida de las personas en su singularidad y en su dimensión comunitaria. Dicha tarea no es fácil, pues hay una diversidad de deseos, diferencias de necesidades, multiplicidad de singularidades, una variedad de historias…, y todo ello se despliega a diversos niveles y en cualesquiera organizaciones humanas y redes institucionales. Tal parece que nadie queda eximido de enfrentar algún conflicto en esta vida.

Para que el diálogo pueda abrirse camino en el espacio público son indispensables algunas condiciones fundamentales que permitan la deliberación sobre el bien común o aquello que le atañe. En este sentido, la filosofía tiene la tarea, si bien básica, también fundamental, de señalar, en principio, cómo discurrir con orden en las discusiones para evitar errores categoriales, para no argumentar contra lo que no se puede argumentar, contra lo que ya sucedió; contra lo que de hecho no puede suceder; o para señalar en qué punto de la argumentación se ha de mediar, ya no con argumentos sino con acciones, en función de lo que prácticamente sea más prudente.

La filosofía, además, cumple un papel muy relevante al enseñar. Ella es, de suyo, dialógica.Para la buena marcha del diálogo no basta llanamente comenzar asumiendo las propias verdades, sino que se precisa de un primer silencio que ayude a los interlocutores a habitar su lenguaje. También es precisa una paciencia santa, que permita a cada interlocutor establecer un diálogo con su alma para comprender que la razón y la última palabra no suelen estar sólo en una de las partes. Enseñar filosofía consiste en formar las virtudes que permiten establecer un diálogo, todavía más bien que en la transmisión de los conocimientos filosóficos.

La claridad en el diálogo, que se ofrece en la mutua comprensión, sólo llega a alumbrar y sólo puede aparecer donde primero nace desnuda como humilde silencio y disposición a las razones del otro. El silencio y la voluntad de comprensión son, cuando la discusión y el conflicto hacen presencia, las condiciones más primigenias de la palabra y con ella del diálogo, de la forma primigenia de todo acto político.

Pese a que la realidad desborde lo que el lenguaje quiera atrapar de ella, pese a que podamos, en aras de la prudencia, callar, seguimos hablando, seguimos escribiendo y, sobre todo, seguimos queriendo entender y entendernos. Tal deseo de comprensión de sí y de comprensión del otro es lo que en el fondo anima la voz de cada hombre, cuando se pronuncia. Ella nace del deseo de querer ser escuchada, pero al mismo tiempo no puede ser dicha por nadie si no escucha primero.

Nadie ha terminado de aprender a hablar, pero lo poco que podemos decir nos es posible decirlo porque primero lo hemos escuchado de otros. En el conflicto público, de modo similar y si se quiere ser auténticamente político, no hay otro modo de dialogar que en la disposición absolutamente humilde de querer escuchar y comprender lo que el otro hace suyo y que presenta como una idea bien pensada, incluso si sólo la presenta como mera creencia, sin ulterior justificación.

Basta mirar las noticias de los diarios y dar un vistazo a la historia para notar que de la deliberación al cumplimiento de lo mejor para el bien común hay un vínculo pocas veces salvable. La deliberación es siempre necesaria como un ejercicio, aunque sea profiláctico, de purificación de los vicios argumentales con los que vamos cargando permanentemente. Que tal relación se dé íntegramente es la excepción y casi nunca la norma, pero no es posible renunciar a buscar las condiciones fundamentales de un auténtico diálogo. Si bien no hemos sabido casi nunca callar, estamos obligados a hablar.

Comoquiera, en asuntos públicos no es suficiente una deliberación entre sabios sobre tal o cual tema; hasta los sabios son falibles: fue un juicio bien argumentado por «sabios» el que mató al hombre más justo de Atenas. El conflicto político puede, sin embargo, surgir de algo más que de las diferencias constatadas respecto de los fines y los medios para la buena consecución de la vida social. Puede surgir, por ejemplo, de la indignación ante una flagrante injusticia. Manfred Svensson escribe precisamente sobre esta modalidad de la relación social, la indignación, a propósito de lo que Kierkegaard podría decir de ella, a partir sobre todo de La época presente, un libro escrito por el filósofo danés como un intento de pensar su propio tiempo, como el nuestro, de revoluciones.

La filosofía tiene, sin duda, pues, mucho que decir y mucho por hacer en un tiempo convulsionado y confundido, «desapasionado», para decirlo con Kierkegaard. La contribución de la filósofa italiana Federica Puliga va en este mismo sentido. Su artículo quiere recordarnos la vocación a la filosofía. Antes que como un concurso de alta erudición, argumenta, la filosofía ha de entenderse como vocación y su auténtico ejercicio implica la responsabilidad de buscar la verdad como horizonte vital. Como lo decía Husserl, y a su modo Gilson, el filósofo no es filósofo porque hable de filosofía, sino porque hable de las cosas, y las cosas no siempre andan bien. Dado esta estado de cosas, es ineludible para la filosofía preguntarse por la verdad, por el sentido último del mundo en el que habita, pues sin ese preguntarse, el desarrollo de la historia se vuelve un acontecer demente.

Es cierto que eso hace del filósofo un loco al que nadie quiere mirar por tener cara de payaso, pero también es cierto que la verdad siempre ha incomodado, que la indignación sin silencio es mera rabia y que el silencio sin verdad es cobardía. Así es como el trabajo de Mariela Silvana Vargas contribuye también a tejer un discurso que dé luz sobre el despertar responsable de la filosofía. De la mano de Walter Benjamin, la filósofa argentina recuerda al mundo que la praxis literaria tiene una estrecha conexión con la praxis política. A pesar de que la literatura pueda parecer al ingenuo un hábito de aislados, en realidad la ciudad no puede vivir sin poetas que recuerden la proporción y el sentido de la palabra con la que se habita el mundo.

Las contribuciones de este número no se sitúan todas, sin embargo, inmediatamente en el ámbito de lo político. Rubén Sánchez y Stefano Santasilia dialogan alrededor de la obra educativa de la filósofa judía y católica Edith Stein, y Serrano de Haro responde explícitamente a Alfonso Villa, quien en el número anterior de esta revista publicó un artículo sobre el libro Paseo filosófico en Madrid. Introducción a Husserl, a propósito de la recepción que en España e Hispanoamérica, sobre todo a través de Zubiri, se había hecho de la fenomenología husserliana. Este grupo de contribuciones, todas surgidas de diálogos vivos, giran en torno a la fenomenología y a los bonos filosóficos que de ella surgen.

En la sección de reseñas, presentamos dos rarezas y excentricidades. Oswaldo Gallo Serratos escribe sobre Jardinosofía, un libro de Santiago Beruete que, desde una sensibilidad fina y exquisita, conecta campos semánticos y ónticos que los más ortodoxos y aburridos jamás hubieran a cruzado: la botánica, los jardines, los paseos, los andares, la metafísica y la ética, entretejidas, como enredaderas, en ascenso por las más altas cumbres de las filosofías. Por otro lado, Víctor I. Coronel escribe sobre un libro de filosofía de la mística en san Juan de la Cruz, cuya autora es la filósofa Lucero González. Botánica y mística están más emparentadas de lo que parecen, pues ambas son formas de habitar el mundo, formas de ser, de sentir y de pensar, que colocan a la belleza en el centro de la vida humana.

Por último, Open Insight se viste de gala con la publicación de un inédito de René Girard –un francés que vivía en California–, titulado Innovación y repetición, con el permiso de la señora Martha V. Girard, traducido por Juan Manuel Díaz Leguizamón e introducido por Juan Manuel Escamilla. Girard reflexiona sobre la mala fama que tiene la innovación entre conservadores y biempensantes, sobre el desgaste y falta de autenticidad que conlleva una intención ingenua de innovar absolutamente y sobre la necesidad de reconocer que la imitación y la repetición son la base y el fundamento de toda innovación y renovación posibles en un contexto en el que la historia ha vivido ya diversas revoluciones y contra-revoluciones.

Las contribuciones que presentamos en nuestro número 17 abonan así a la comprensión del cambio social y personal que la filosofía puede obrar desde la indignación, la educación, el silencio, la escritura, la autenticidad y la imitación del Bien que cualquier ser humano desea.

Diego I. Rosales Meana
Tania Guadalupe Yáñez Flores
Centro de Investigación Social Avanzada
Santiago de Querétaro, agosto de 2018

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